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jueves, 23 de julio de 2015

Confesiones de una adicta a tus besos.


Antes de besarle solía pensar que la violencia era agresión;  pero su boca violento la mía tantas veces que desarrolle un gusto particular por ese abuso al que era sometida. Con esa flecha viperina que trae por lengua, entraba y frotaba la mía desde el vértice hasta los bordes, me aspiraba tan fuerte que podía sentir como si un torbellino recorriera todo mi cuerpo, con una mordida en los labios me hacía saber que estaba dispuesta a paralizar el tiempo, arremetía contra mi boca una y otra vez, invadía mis ojos y se sumergía en mi iris, debo decir que me encantaba que lo hiciera, disfrutaba mirar los ojos de mi atacante a 10 milímetros de distancia, respirar de su nariz e intentar  tocarle el rostro para que mis caricias le dijeran lo perfecto que era dejar mi cuerpo en sus manos.

Lo mejor era cuando en un movimiento busco se detenía, me inspiraba del cuello a la nariz, sembraba sus uñas largas en mi sien y con la mano izquierda me apretaba las nalgas, las estrujaba con movimientos desesperados, me miraba, se mojaba los labios y continua su búsqueda accidentada en mi boca, algo quería de mí, lo podía sentir. Algunas veces pensé que quería comerme viva, que quería romperme en pedazos para luego reconstruirme o que a lo mejor pensaba que podía atravesar su cuerpo con el mío, me jalaba hacia ella con tanta fuerza que se llevaba trozos de mí, me hacía sentir que ya no era dueña de mis pasos; y la verdad, se sentía bastante bien.


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