La sangre le escurría entre los
dedos, su respiración estaba agitada pero era casi un diminuto resoplido
comparado con los gritos de su víctima. ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué se siente
tan bien?... Se cuestionaba.
– Daniel, ¿Por qué
te detienes? – cuestionó – ¡Continua! – le ordenó.
Violentamente
continúo su búsqueda en la dermis de su víctima. Sus uñas se le rebosaban
de trozos de cuero, sus movimientos eran tan rápidos que cualquiera pudiera
pensar que buscaba hacerse una guarida en la espalda de aquella delgada mujer.
Su víctima extendida de manos contra la pared, con el vestido hasta la cintura,
dando alaridos que pudieran destantear a cualquier experto en el arte de la
sensualidad. ¿Estará sufriendo? ¿Lo estará disfrutando?... Se cuestionaba.
Las marcas de las uñas de Daniel habían
quedado para siempre grabadas en la espalda de Lorena como símbolo de su
aventura. ¿Cómo es que habían llegado a este punto? Ninguno de los dos tenía la
respuesta. Todo había comenzado con un simple coqueteo en la barra de un bar, había
trasmutado a un par de salidas al café, conversaciones nocturnas en Facebook, un
juego de miradas y para culminar una sólida cantidad de arañazos en la espalda.
Así es como imagino que todo sucedió cuando
recuerdo aquel día que llegaste a casa llorando y con la espalda ensangrentada; y al
cuestionarte solo pudiste decir: “Era un juego, se me salió de las manos, lo
siento, te quiero, no preguntes”

No hay comentarios:
Publicar un comentario